Cerca de allí, en una sala, se celebró el juicio. En
la Junta del Santo Oficio se encontraba el abogado,
el inquisidor provincial, el secretario, el notario calificador,
el fiscal, el acusado, la delatora, el alguacil y
unos soldados.
—Solicito para mi defendido la anulación del oficio
–intervino el legislador, dirigiéndose al inquisidor–,
debido a la circunstancia actual de desunión matrimonial
de doña Inés de Peñafiel. Ya habéis oído el dictamen de
nuestro calificador, don Diego, su parecer y sus estimas
preliminares. ¿Se ha de tener en cuenta que la herejía se
ha producido sin malicia, pero deberá ser castigada por
lo sucedido en la cueva de Monte Fríos, una noche de
verano de hace dos años?
—Y, si sigue el obstinare del reo, sin arrepentirse ni colaborar
ante la denuncia por herejía apostolada –dijo el inquisidor–,
se pedirá el relajamiento, si no tenemos abonos.
Entonces, el inquisidor provincial, dijo:
—Tienen los fiscales más delatores que testificarán
ahora. ¡Que el alguacil y la guardia hagan asentar a Carruela
Méndez, vecina de Aranjuez!
Al momento hicieron sentar a una mujer con la mirada
hacia abajo, garrapatosa, mal oliente y en cuyos brazos
se apreciaban lesiones amoratadas, seguramente por
el uso del agua y cordel.
—Y bien –intervino el fiscal–, ¿es verdad que, en la
noche de autos, vuestra persona vio cómo le embadurnaban
ungüento de belladona en la cueva de Monte Fríos al
acusado de apostasía, su señoría don Manuel de la Roa?
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¿Es cierto que, después, se hicieron ritos navarros en presencia
de la Signora con fornicaciones y velaciones durante
la noche estival? Habéis de saber que, si no colaboráis
con el Santo Oficio, se os acusará también de blasfemia,
resabia de herejía y bigamia.
La delatora, casi sin voz, respondió:
—Todo lo que su reverenda persona dice, así sucedió
y fue.
—Con la venia –interrumpió el abogado–, mi inquisidor
reverendísimo y doctor Canónico, suplico un tiempo
sin apresuramiento para, ante la confesión de la delatora
que no es ni niña ni vieja, hablar con mi defendido, el
señor don Manuel de la Roa.
Deliberaron por unos momentos el inquisidor, el fiscal
y el secretario, tras de lo cual éste tomó la palabra y dijo:
—Se reanudará el Oficio este atardecer, después del
almuerzo.
Entraron por el centro del pórtico de la Iglesia el inquisidor,
el fiscal y el abogado. Mientras caminaban, susurraban
entre ellos y, cuando atravesaron la capilla Mayor,
habilitada como auditoría inquisitorial, se sentaron.
El inquisidor provincial dijo:
—Señor notario, haga constar que, por la tarde del día
de hoy, se reanuda la sesión. Que hable el legista, letrado y
colegial de Valladolid.
Éste, levantándose, se dirigió al tribunal diciendo:
—Hago llamar la atención de vuestro ilustrísimo.
Quisiera una revelación de mi delatado, don Manuel de
la Roa, acusado de blasfemia y herejía.
—Por justicia podéis hablar, don Manuel –dijo el
juez inquisitorial.
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El reo, con la mirada algo descendida, pero todavía
bastante entero de fuerzas, comenzó a hacer su relato:
—Me dirijo a este tribunal eclesiástico, del que
me consta su pureza, su sapiencia y su justicia. Como
sabéis, además de ser considerado hacendado, bien
es cierto que gracias, en parte, a la ganancia del matrimonio,
soy doctorado y colaboro en Matemáticas
y Filosofía en el Colegio de Valladolid. También es
cierto que mi querida esposa, ofendida, a la que sigo
amando y respetando, no gusta de mis reuniones con
otros doctores, amantes del saber en general y de los
nuevos valores. Incluso han participado en esas reuniones
algunos allegados a su alteza real o enviados
suyos, según se cuenta.
Tras una leve pausa, continuó don Manuel:
—Admito que, de hecho, he estado en Monte Frío
de viaje con la delatora y que ahora comprendo cómo mi
esposa me ayudó a través de una amiga a conocerla. Me
sirvió para asistir el día de los hechos a la triste y falsa
representación de la Missa nigra (Misa negra) e idolatría
del Cabrío con las Sergas de Navarra.
—Ya veo que reconocéis vuestra culpa en los hechos
–interrumpió el fiscal–, pero tened cuidado de implicar
a personas que están por encima de nuestros nombres y
conciencia o no os servirá el arrepentimiento.
Al momento, don Manuel de la Roa respondió:
—Me consta la buena voluntad de mi alteza, además
de, cómo no, su interés en el estudio de hechizos, exhortos
y espíritus.
En esto, el inquisidor provincial cortó el alegato, exclamando:
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—¡Señor letrado, decidle a vuestro ofendido que no
le va a servir ninguna calumnia y menos contra personas
de real alcurnia!
En ese momento, del Consejo de Calificadores
se levantó un magister, un canónico dominico, y caminó
por detrás de las columnas de la derecha de la
nave central hasta llegar junto a la mesa habilitada
para el inquisidor y ayudantes. Se les acercó al oído
y les dijo:
—He de deciros, mi querida autoridad inquisitorial
y versado prelado que, a primeras horas de hoy, se me
ha dirigido un hidalgo conocido por mí, enviado por el
Secretario de Cámara de palacio. Éste me ha comentado
que el reo, don Manuel de la Roa, estaría dispuesto a
pagar un buen rescate para contribuir a la tesorería de
esta junta y deudas del saldo real anual y que se nos ha
ordenado desde palacio que seamos muy comedidos y
silenciosos.
Después de un largo silencio y meditación, el inquisidor
ordenó:
—Señor alguacil, acompañe al reo en presencia del
secretario a una hora de “ad extirpandam culpam” 6, no
sin antes confesar.
—¡Os juro por Dios, mi Señor, que esto es cierto y
que no os he mentido! –exclamó el reo.
Al momento, dos soldados con el alguacil redujeron
al reo, le pusieron unos grilletes y las manos por detrás,
6 Penitencia física como castigo. La bula Ad extirpanda fue promulgada
por el papa Inocencio IV el 15 de mayo de 1252, siendo posteriormente
confirmada por Alejandro IV el 30 de noviembre.
30
mientras siguieron hablando, y le empujaron hacia una
escalera en dirección al sótano.
Allí abajo, en un lugar sombrío, parapetado con
usados aparatos de madera oscura con carcoma, polvo y
hierro, algunos con elementos en punta, se hallaron dos
detenidos más con unos hábitos cerrados de tinte eclesiástico.
Estaban tirados en el suelo con la mirada ida. Se
quejaron agotados, apenas ya con fuerzas.
Uno hablaba en lengua extraña y con voz tenebrosa,
atado a una máquina de madera e hierro en forma de equis
que le llaman “el potro”. Al lado se encontraba su verdugo.
En presencia del alguacil interrogador, del notario y
del fiscal, el ejecutor hizo su trabajo, mientras el reo chirriaba
entre dientes. Lágrimas abundantes salían de sus
ojos, a la par que musitaba sonidos y gemía.
—Ya le he dado las dos vueltas –afirmó el verdugo
al fraile.
Éste, en tono solemne, le dijo al acusado:
—Arrepentíos y reconoced que habéis sido enviados
por gente de vuestra causa, padre.
—Si no, sufriréis sin razón –añadió el notario.
El fiscal intervino, diciendo:
—Sé que entendéis y que comprendéis latín y
castellano.
Al mismo tiempo, otros bajaron los peldaños de
la escalera y entraron dentro de este marco de atrocidades,
máquinas de confessare-delatare7 y de tortura.
Entre empujones y a la fuerza, consiguieron, después
de grandes forcejeos, sentar al reo, don Manuel de la
7 Máquinas de confesar y delatar a través de la tortura física.
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Roa, en la silla de interrogatorios, máquina muy persuasiva
y llena de púas, gran conocedora de hebreos,
moriscos8, ajusticiados y herejes.
—¡Confesad, don Manuel! –exclamó el fiscal. Admitid
que fuisteis a la cueva por propia voluntad y que es
mentira lo de la Encomienda Real. Si no colaboráis, se os
acusará de apóstata y bien sabéis que en vuestro círculo
hay varios marranos portugueses.
Mientras, el fiscal, el notario y el secretario, hablando
entre ellos, se decían:
—La verdad es que no me gusta esto, tener que hacer
confesar a personas ilustres y gratas, sabiendo que Dios
nos lo puede tener en cuenta el día de mañana. Aún más
cuando los tres sabemos que los males de este Reino no
están en la justicia que aplicamos, sino que vienen desde
lo más alto de la tierra, de esa política de la hacienda real.
Sobre todo, por culpa de esta pelirroja que nos reina, que
malgasta y que se está llevando medio reino para su familia
en la Germanía, donde tiene, encima, veintitrés hermanos.
—Cuidado con lo que hablamos –intervino el secretario–,
no me fío del alguacil, ni del oficial de la guardia.
—Bien es cierto lo que decís, mi querido secretario –
continuó. Tengo noticias de otros colegas que conocen de
las cuentas, los cuales comentan que, debido al no arribo
de la flota en Sevilla por el corso, el costo en Flandes y,
además, el gasto de nuestra Reina, la situación es muy
8 En África, con las llaves de sus antepasados, los moriscos guardaban extensas
librerías que las transmitieron de generación en generación. Quizás
esté en Alejandría la que se atribuye al Califa Omar, sobre la que existe la
creencia o mito de que sus fondos se usaron como combustible en baños de
restos humanos, después de ejecutar a las personas.
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mala. Parece ser que todo lo lleva la Perdiz y que, en su
casa de Leganitos, hay más audiencia que en palacio.
Esto me lo ha hecho saber un allegado mío, capitán de
Flandes, que puso a buen entender sus oídos, cuando estuvo
destinado como mayor de la guardia del palacio de la Perdiz.
Mientras, en la sala de penas siguieron los lamentos
de los reos. Otro ajusticiado fue colgado del techo de la
estancia. En ese mismo instante, dos verdugos más liaron
y tensaron la cuerda de la garrocha a otro reo sincopado,
sujetándole los brazos en alto, sacando sus huesos de sus
articulaciones, con su cabeza ladeada hacia un lado. Su
imagen era parecida a la de Jesús en la cruz.
Entretanto, los espectadores de esta escena continuaron
su conversación.
—Perdonad que os interrumpa –dijo. ¡Pues sí!
Tengo entendido que las cuentas no cuadran, que hay
muchas carencias y que la pasada primavera no pudo ir
al palacio de verano de Aranjuez por falta de recursos.
Además, también he sabido, por personas que lo han
delatado, que salen carruajes llenos de saldos, cuadros
y joyas. Por si esto no fuera suficiente, encima, esto lo
controlan también un cojo de palacio y un protomédico,
quien también está en la trama. Lo peor es que
no podemos hacer nada, pues están protegidos por su
Majestad, la pelirroja9.
Ya sabéis cómo se las gasta nuestra Real Señora con
9 No conocen que es la Reina,
Mundo, demonio y mujer
Y, en fin, por decirlo todo
Que lo demás no lo sé,
Es ser la Reina de carne.
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los que no están de acuerdo con su causa y las ideas que
tiene para el día de mañana acerca de nuestro Reino.
En ese instante entró muy apresuradamente y se dirigió
a la mesa el vicario, quien, hablando en voz baja, les
dijo casi al oído:
—Debéis parar ya esto. Hay quejas del Obispo de
Alcalá por la causa de don Manuel de la Roa, de modo
que se me ha encomendado deciros que, desde palacio y
en nombre del Alguacil mayor y del Tesorero del Reino,
interesa la donación y el saldo. Es posible que todo esto
haya sido una estrategia de doña Inés por celos infundados
contra don Manuel.—¿Pero habrá que dictar sentencia? –preguntó el
fiscal– y hacerla pública en la próxima fiesta mayor de
primeros de mes, en el próximo Sermo Dei. Cesaremos el
castigo de este nuevo cristiano. Nunca fue nuestro deseo
que estuviera aquí y nuestro cardenal ha tenido que ceder,
como los cuatro sabemos. Dictemos ayuno y obras
pías, porque el procedimiento ha sido el justo.
El fiscal, con voz alta, se dirigió al notario, diciendo:
—¡Que cese el castigo por apostasía y herejía del denunciado,
don Manuel de la Roa! Soltadlo ya y subidlo
a la capilla para que, en audiencia de esta junta de fe,
escuche y oiga la sentencia justa que se le encomienda.
Tras esto, se levantaron y se dirigieron hacia las escaleras
que subían a la capilla entre el sonido de los suplicios
y los llantos y quiebros de los torturados.
En el grupo, el secretario le comentó al notario:
—De todas maneras, está claro que no tiene pura la
sangre y que, si no fuera por sus donaciones, saldos, colaboraciones
y mantenimientos en cuenta real…
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