La Taberna
Anochece lentamente, después de una jornada
soleada e imprevista— de este mes de noviembre—, el de los santos. A la taberna
empiezan a llegar gentes versadas en chismes, ajustes de cuentas pendientes
entre caballeros, dueños de tizonas estropeadas, amigos de mancebías,
nostálgicos de batallas perdidas— y líricos de poemas satirizados. —Comentando
entre ellos, lo que pasa en el reino— ¡Aconteceres diarios que en lugares como
este, se pueden decir!
Y que los alguaciles de la moral, no
pueden reprimir popularmente. Como —bulos e infundios, con intereses restringidos—,
pues todos los que están se respetan y conocen —de qué pie cojean, cada uno—,
no solo cuando se habla de la reina, sino de algún sátiro. Que, con gran verso,
suele a menudo contestar, al poder autócrata del Conde Duque.
En esa taberna de Mayrit, se encuentran en ese
momento en una de las esquinas, junto a unas botas viejas, de esta morada de la
noche, que para algunos es día y vida, algunos camaradas. Brindan por su manera
de vivir, —de izquierda a derecha, se hallan sentados, alrededor de la mesa
redonda—: Don Luis, —el capitán de los tercios—, con aspecto de piel curtida,
no solo en batallas y escaramuzas nocturnas.
Junto a él, se encuentra otro
conocido de este grupo de comidas y sobremesas, — tal es el caso también—, de
José el lírico y que le renta que dio sus primeros pasos —en el corral de
comedias, de la cruz—, con varios actos teatrales.
Más a la derecha, está —como distante
y abstraído—. Don Emiliano, protomédico, de la cámara de la corte.
En cierto momento, el militar don Luis, les presenta a los anteriores —a su hermano Gerónimo y a su amigo Miguel Ángel— que acaban de llegar, de un viaje intrigante — a pie y en
mulo—, desde la ciudad de la sierra y la mezquita— ambos son importantes
pintores—, y vienen a presentarse a Don Diego el artista —protegido por el conde duque— y que los ha
recogido en su casa.
Y que nos ayudarán, desde este momento, —como ahora
comprenderéis—, todos a tenernos también en lo posible —en oídos de aconteceres
palaciegos—, y que quiero que recibáis con los brazos abiertos. En este círculo de tertulia, —como
cofrades y miembros de esta reunión, —familiar
de patriotas—.
Comentando
más tarde Don Luis; que ayer —fue invitado—, por el camarero mayor de la casa
de la reina Isabel, a su escritorio. Donde le encomendó que entablara
conversaciones y nombramientos como miembros de la guardia secreta y personal
de nuestra reina, recomendándole que se presentara, pues ya han sido dadas
instrucciones de provisión de ducados al tesorero real, para poder llevar a
buen puerto esta importante encomienda. y que, en la elección de la guardia, debería contar —con gentes afines y de confianza— para luego, tener ojos,
oídos y espadas, en todo el reino.
Y
mientras, tomaba posesión del cargo desde aquel mismo momento. Por orden de Doña
Isabel. Como regente de la guardia de cámara, de los intereses—, de nuestra
querida reina.
Que como bien sabéis: no siempre está
de acuerdo con los atropellos del conde duque, de los que, en poemas y sátiras,
otro asiduo de este bendito lugar que no solo cojea, sino que usa quevedos a
modo de ventanas para su amistad con las luces y colores de su mundo exterior. Satiriza
en rimas y versos con gran agudeza, escapándose a la censura real, pudiendo mirar y criticar lo que otros no ven, ni
quieren escuchar. Y nosotros, dirigiéndose a los demás camaradas de la mesa,
junto con otros, que también en ello estarán. Ayudaremos en diversas labores,
para que nuestra reina esté informada y guardando secreto siempre de todo ello.
Ahora brindan todos por ello, en
jarras de barro rojo con néctares, mezcla de garnacha y tempranillo, jugos que
en sus estómagos, tienen buen asiento, ¡Por nuestra reina!
¡Y
para ayudar a nuestro rey de los tejemanejes en las noches largas, de ese que
solo quiere poder!
--¡Por nuestra reina, contestan todos con
sus jarras levantadas!
El sanador don Emiliano; le comenta al
capitán que él no entiende mucho ni de espadas, ni de espías, ni de asedios, ni
cabalgaduras galoperas, pues lo suyo es el arte de Hipócrates, ayudando en lo
posible en los ¡dolores del alma y los cuerpos en el devenir por este mundo!
A lo que el militar, le contesta que el tesorero de su majestad le ha entregado
unas joyas para el correspondiente canjear por reales de a ocho, vellones y
maravedíes en la casa de empeños y piedad de Julio Romeral que todos debemos y
o conocemos. Por otro lado, se nos facilitará y tendremos a nuestra disposición,
una casa con bodega en la cueva, además nos acompañarán mi otro hermano, el
sargento Antoñote, el cabo de la tierra colombiana Daniel y el soldado de fez agitanado Miguel.
Seremos entrenados por los militares,
para las encomiendas peligrosas en medio y detrás de los enemigos, por el
ministerio de la cifra, nuestra misión es tener información y espiar que no
confabular, de los movimientos y
tejemanejes del conde duque.
Siempre para apoyo en la distancia de nuestro rey, grande como un planeta que solo está en este mundo para su propio placer.
Y que todo esto se hace para defenderle de cuando a nuestro rey los impulsos le
acechan súbitamente y el conde duque se los consigue perpetrar.
Para tener controlado, este válido todo el imperio, llevando a nuestro rey a
hacer tropelías y violaciones con el objetivo último de satisfacer yacer con
todo tipo de hembras para aposento de su real verga. Con conquista de amores
cortos y luego pagarles a todas como sabemos sin distinción de clase social con
veinte ducados y si hace falta y de embarazos se complicará.
Con el ingreso en algún plácido
convento, de la madre y el futuro bastardo de esa noche aciaga, ayudando a este
bastardo el día de mañana a escalar dentro de la nobleza que asiduamente reza. —Pues
no en vano, no debemos olvidar que su sangre es la misma y por supuesto sus
venas se tornarían azules después de sostener la pesada espada de caballero con
el brazo en alto tras un largo tiempo, para demostrar su realeza.
—Bien, es verdad que nuestro rey es distinto, termina su comentario.
—A lo que ahora apostilla, Don Emiliano:
¡Que sí! Que su real persona, es fría como una estatua, sobre todo en intereses
de pobres o de otros y que solo le interesa el sexo, el teatro y la caza y
cumplir inmediatamente con sus placeres carnales.
— ¡Yo, como protomédico, lo he visto!
A lo que añade en este momento Don Jose,
el sanador de almas, después de picar con palillo alguna aceituna y sorber
alguna jarra de vino, ampliando su relato, continúa comentando:
—Si se trata de un enfermo que necesita ayuda, aunque por su rango no la pida
él, ni la reina ni el válido, yo me he
preguntado lo importante que debió ser su juventud y baronía, en la comprensión
médica de sus males actuales y la importancia, de lo que decían mis maestros, sobre
el padecer de golpes antiguos en el alma,
cuando se da de joven.
Más con ese patriarca controlado por el Duque de Lerma, donde nuestro planeta poco
pudo aprehender. Por lo olvidado que
tenía, su padre el gobernar porque solamente les interesaban misas, plegarias y
rezos a todas horas.
— ¡Si nuestro rey ha sufrido mucho!, no solo con la muerte de su madre Doña
Margarita y con el tiempo que tuvo que guardar sin roce después de su boda
real.
Con nuestra señora Doña Isabel debido a su temprano matrimonio.
—Pues este tipo de enfermos, no está en la claridad de los días y solo le
importa satisfacer sus impulsos como máquina que pudiera asaltar la fortaleza
de su desastrosa y aislada juventud.
Solo se mira su ombligo real y para ayudarle a satisfacer sus necesidades, el
válido, para seguir más tiempo en palacio, una vez más se aprovecha y el
enfermo después sufre una catarsis de duelo y trastorno de su propia imagen en
relación con lo demás, en este caso sus súbditos y vasallos.
Con grandes crisis de arrepentimiento y sentimiento de culpa y sensaciones, se alivió
tras su perdón inmediato, aunque esto no le impide vegetar con gran sentimiento
de malestar interior, viviendo días amargos. Pero que se disipan pronto estos
arrepentimientos en cuanto le proponen o llega a sus oídos chismes
intencionados sobre la belleza de ciertas mujeres, todo ello rodeado de cierta
morbosidad, por la camarilla del conde duque y de los intereses que representa
para poder controlar en el día a día su influencia y poder sobre el reino.
Planteando que desde el grupo de los arbitrarios gobierna mejor este imperio y
que el rey debe continuar en su pasmo y arrebatos en los lechos comprados, para
sin importarle métodos, el Conde Duque lo tenga abstraído y apasionado.



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